sábado, 13 de febrero de 2010

tipos de estructuras de textos

Cuando se escribe un texto, el autor además de exponerlo nos hace saber su idea. Hay diferentes estructuras en las que el autor nos la expresa al principio, al final o en ambos casos en su texto.

estructura analizante
cuando el texto expone un tema y luego lo desarrolla, "analizándolo" (examinando el tema desde distintos puntos de vista).

estructura sintetizante
es la estructura contraria a la analizante, ya que consiste en deducir una conclusión a partir de una serie de premisas dadas.

la mezcla de ambas estructuras se llama analizante-sintetizante o ENCUADRADA. Es la más común: se expone un tema, se desarrolla y finalmente se recoge en una conclusión.


Para hacer un trabajo o escribir un texto es importante saber qué tipo de estructura queremos realizar antes de ponernos a escribirlo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Vocabulario

Nefando/a:
1. adj. Indigno, torpe, de que no se puede hablar sin repugnancia u horror.



Épica:
(Del lat. epĭcus, y este del gr. ἐπικός).


1. adj. Perteneciente o relativo a la epopeya o a la poesía heroica.

2. adj. Dicho de un poeta: Cultivador de este género de poesía. U. t. c. s.

3. adj. Propio y característico de la poesía épica, apto o conveniente para ella. Estilo, talento, personaje épico

4. f. Poesía épica.



epopeya
(Del gr. ἐποποιΐα).


1. f. Poema narrativo extenso, de elevado estilo, acción grande y pública, personajes heroicos o de suma importancia, y en el cual interviene lo sobrenatural o maravilloso.

2. f. Conjunto de poemas que forman la tradición épica de un pueblo.

3. f. Conjunto de hechos gloriosos dignos de ser cantados épicamente.

jueves, 28 de enero de 2010

EL REALISMO

Ficha previa:
Época: Europa Revolucionaria
Inicio: Año 1850
Fin: Año 1870
Antecedente: Grandes corrientes de pensamiento

Desde mediados de siglo se abre paso la corriente realista, que pretende reflejar las situaciones de la vida ordinaria, abandonando las pretensiones universalistas del clasicismo o las explosiones emocionales del romanticismo.En el ámbito de la literatura los autores tratarán de ofrecer personajes y situaciones comunes, lo que convierte a la obra literaria en una fuente de primer orden para el conocimiento del pasado histórico, aun teniendo en cuenta las precauciones que deben tomarse para el uso de las fuentes literarias.El realismo parece así la respuesta a una sociedad en la que se había producido un cierto efecto de nivelación y en el que un mayor número de personas habían adquirido protagonismo en la sociedad. El antiguo héroe, o el santo, habían cedido el sitio ante la irrupción de nuevos grupos humanos, que todavía no son masas, pero que imponen nuevos gustos y costumbres. En ese sentido, es el arte de la nueva civilización urbana e industrial. El realismo fue también una reacción contra el fracaso de las revoluciones de 1848, en donde se habían ahogado muchas de las esperanzas democráticas y de libertad personal.Honoré de Balzac (Eugenia Grandote, 1833; Papá Gorrión, 1834; El cura de aldea, 1839; El primo Pons, 1847, que se integran en la serie de La comedia humana) ha ofrecido otras tantas crónicas de la sociedad francesa de la época, en la que parecen seguirse criterios científicos de análisis y clasificación (Engalles reconoció que había aprendido más sobre el materialismo de la sociedad francesa en las novelas de Balzac que lo que le hubiera podido enseñar cualquier historiador o cualquier político).El testimonio literario, en todo caso, es especialmente útil en el caso de la Rusia del siglo pasado, dada la dificultad de acceso a otras fuentes de información. Algunas obras de Turgueniev(Padres e hijos, 1860; Relatos de un cazador), de Gogol (Las almas muertas, El inspector), de Dostoievsky (Recuerdos de la casa de los muertos, 1861; Crimen y castigo, 1866); o de Tolstoi (Guerra y Paz, 1864) resultan ilustrativas de esta corriente.La corriente realista en Inglaterra está representada por las obras de W.Tackeray (La feria de las vanidades, 1847-1848) o deCh.Dickens (Tiempos difíciles, 1854) que han dejado en sus obras una imagen detallada de las dificultades que experimentaron las clases trabajadoras durante los hambrientos cuarenta.De todas maneras, la expresión más depurada del realismo tal vez esté contenida en la obra de G.Flaubert, aunque el propio autor se resistiese a aceptar la etiqueta de realista. Tanto su Madame Bovary (1857), como La educación sentimental (1869), ponen de relieve el profundo contraste entre los ensueños heroicos que viven sus protagonistas y la vulgaridad de su vida ordinaria. Las denuncias de la realidad social que contenían algunas de estas obras hicieron que tanto Madame Bovary como Las flores del mal, de Baudelaire, sufrieran juicios por obscenidad en 1857.En el mundo de la pintura la exposición, en 1850, del Entierro de Ornans, de G.Courbet, escena de gentes vulgares en la que están ausentes tanto el dolor como el heroísmo, supuso la ruptura con los gustos románticos que habían prevalecido hasta entonces. Cinco años más tarde harían público su manifiesto de escuela (grupo de Barbizon, en torno a C. Corot), al negarse a aceptar las condiciones que las autoridades habían puesto a Courbet para encargarle un trabajo en la Exposición Internacional de París. Manet dará un paso más y, con el impresionismo, empezará a socavar la confianza que habían manifestado algunos realistas. Sus versiones del Fusilamiento del emperador Maximiliano en Querétaro parecen haber sido verdaderos alegatos contra la política exterior de Napoleón III y la pintura sería rechazada en el Salón de 1869. También resultará provocador su Desayuno sobre la hierba y, desde luego, el desnudo representado en la Olympia (1865). En 1874, el movimiento alcanzaría plena notoriedad con la exposición de obras de Claude Monet y Auguste Renord.En su desarrollo de los postulados realistas, los impresionistas pondrán de manifiesto la influencia de la fotografía, que había comenzado a divulgarse a comienzos de los años cincuenta. En cualquier caso, lo que pudo entenderse animado por un impulso de realismo terminó por socavar los principios del mismo movimiento, en la medida en que los impresionistas tomaron conciencia de lo circunstancial y relativo que había detrás de la supuesta objetividad de una toma fotográfica. Los estudios sobre la luz y la técnica de su representación terminarían por hacer saltar los firmes postulados del realismo de mediados de siglo.La mejor expresión del realismo en la arquitectura tal vez sea el Crystal Palace de Londres, construido por Paxton para la Exposición Internacional de 1851. A él se podrían añadir el edificio parisiense de Les Halles, realizado por Baltard entre 1852 y 1856.El afán cientifista de averiguar las leyes que regían el comportamiento humano llevó del realismo al naturalismo, que presentaba a los individuos como sujetos a las leyes de la herencia o a los condicionamientos sociales. Eso es lo que representa la obra de los hermanos Goncourt (Germinie Lacerteux, 1865) y, sobre todo, la de Emilio Zola (Teresa Raquin, 1867), en donde observaciones casi puramente fisiológicas desembocan en la presentación de un personaje que es puro instinto animal, con una total falta de moral. Más adelante, Zola utilizará la clave darwinista para presentarnos la evolución de una familia francesa durante el segundo Imperio (Los Rougon-Macquart, 1871-1893). Esta tendencia naturalista fue seguida en Italia por Giovanni Verga (La marea) y, en España, por algunas obras de Benito Pérez Galdós y por la condesa de Pardo Bazán.En el campo de la música, G.Verdi debe ser inscrito entre las grandes figuras del realismo, por su estilo directo, noble e intenso. El extraordinario éxito de Nabucco (1842) le abrió las puertas de la fama en toda Italia, a la vez que proporcionaba un soporte musical a los sentimientos nacionalistas que estaban en ebullición. Su Requiem en honor de Manzoni (1874), podría cerrar un ciclo de la carrera de quien ya era un famoso compositor al que se le abrían las puertas de las principales cortes europeas. Su producción de los años ochenta profundizará aún más en la línea dramática.

viernes, 22 de enero de 2010

El texto descriptivo y el texto narrativo

Texto Descriptivo

Refiere las características o propiedades de un objeto, su estructura se organiza básicamente sobre la dimensión espacial. La descripción siempre supone entonces una forma de análisis, ya que implica la descomposición de su objeto en partes o elementos y la atribución de propiedades o cualidades.
Está presente:
En el área de Lengua
Es muy característica del área de Ciencias Naturales y de Geografía.
Es un tipo de texto de adquisición temprana pero que presenta mayores dificultades que el narrativo, ya que no existe ningún criterio básico que facilite la comprensión o producción. La selección y el orden de exposición de las características del objeto a desribir será determinado por la finalidad del texto. La descripción suele ser algo más que una enumeración ya que implica interrelación de elementos.
Pasemos a detallar cuáles son los elementos que intervienen en un texto descriptivo:
a. El observador: la posición del observador puede ser: · Dentro de la escena o cuadro o fuera de él · En primera o tercera persona · Fija o en movimiento
b.El mundo real o imaginario: los objetos o elementos a describir pueden ser paisajes, ambientes interiores o exteriores, personas, objetos, animales. Los elementos pueden estar quietos, en movimiento o ambas cosas a la vez. Asimismo pueden verse en forma parcial, en su totalidad, en detalle.
c. Recursos: en los textos descriptivos se emplean gran cantidad de recursos, de los cuales algunos son propios o característicos. El manejo del lenguaje es muy detallado y, en las textos descriptivos literarios, se persigue un fin estético, por lo que el despliegue de recursos es aún mayor.
¿Cuáles son esos recursos? Los enumeramos a continuación:
Profusa adjetivación
Imágenes (auditivas, táctiles, visuales, gustativas, olfativas) ·
Comparaciones
Metáforas
Por lo tanto, la descripción requiere competencia léxica para nombrar, ya que si intentamos describir un objeto es necesario que conozcamos sus partes y los nombres respectivos de cada una de ellas. Philipe Hamon en Introducción al análisis de lo descriptivo afirma que describir consiste básicamente en expandir la denominación de un objeto a través de una nomenclatura (palabras o términos específicos que designan las partes) y una serie de predicados (lo que se dice acerca de esas partes, es decir, cómo son). Este autor cita varios ejemplos, como el poema “La unión libre” de André Breton, en el cual el poeta describe el cuerpo de una mujer a través de la enumeración de las partes, cada una de ellas seguida de metáforas alusivas:
“...Mi mujer de cabellera de fuego de leña de pensamiento de relámpagos de calor de talle de reloj de arena...”
Además de tomar ejemplos de la literatura, Hamon cita e incluye entre los textos descriptivos a los avisos clasificados para venta de inmuebles, publicidades y adivinanzas. En el caso de la adivinanza, al objeto no se lo nombra sino que se lo describe. Recomendamos trabajar con todo tipo de textos descriptivos, aprovechando su análsis no sólo desde el área de Lengua, sino también reflexionando sobre sus características cuando leamos una descripción en el libro de Ciencias Naturales, por ejemplo. Podemos pedirles que busquen en el diccionario una definición y la analicen, a ver qué recursos se utilizaron; reparar en el análisis de un aviso clasificado de un inmueble, qué elementos se omitieron, cuáles están presentes, etc.

texto narrativo


Se denomina narración al relato de hechos en los que intervienen personajes y que se desarrollan en el espacio y en el tiempo. Los hechos son contados por un narrador. El texto narrativo está presente:
En las clases desde Nivel Inicial y en las clases de Lengua durante todo el ciclo Primario y Secundario: tareas de comprensión de narraciones literarias (cuentos maravillosos, fantásticos, policiales, novelas) y de producción de narraciones de contenido de ficción o de experiencias personales del alumno.
En el área de Ciencias Sociales, segundo ámbito en el que este tipo textual es frecuente, a través de la narración de hechos históricos. Leamos este cuento, con el que ejemplificaremos las características del texto narrativo:
La estructura básica de este tipo de texto es la organización temporal. En la narración clásica pueden distinguirse tres segmentos: situación inicial, complicación y desenlace.

Superestructura Narrativa:
Toda narración se caracteriza por una estructura básica: marco, suceso y episodio. Estas tres categorías forman la trama
Vamos a explicar cómo se componen cada una de estas categorías. Una narración se origina con una complicación en la vida de los protagonistas, que genera en ellos una reacción. A la complicación se la reconoce porque generalmente responde a la pregunta : ¿Qué pasó? Esta reacción los lleva a tomar una resolución , afortunada o no, que responde a la pregunta:¿Cómo terminó? La complicación, sumada a la resolución, forman un suceso. Todo suceso se desarrollo en un marco que está dado por el lugar, el tiempo y los personajes.
Todo suceso con su marco forman el episodio de la narración. Hay narraciones que tienen una solo episodio pero hay otras que tienen más de uno.. La suma de los episodios forman la trama. El narrador mientras relata la trama, comenta, opina, hace su evaluación. La evaluación no pertenece a la trama porque se trata de una reacción del narrador frente a la misma. Esta opinión puede presentarse también como cualidades que el narrador atribuye a los personajes o sentimientos que expresa acerca de ellos. Muchas narraciones tienen una moraleja, enseñanza que puede aparecer al principio o al final de la narración. La moraleja es característica de las fábulas.

Tipos de Narrador
El texto narrativo puede presentar varias modalidades básicas de narrador:

Narrador protagonista
En este caso narrador y personaje están fundidos. El narrador protagonista también puede ser un personaje de la historia. Puede hablar en primera persona singular o –en los casos en que dos personajes compartan una misma visión- en primera personal plural.

Narrador omnisciente
Generalmente se vale de la tercera persona. Emplea la segunda cuando actúa a modo de conciencia que lo coloca ante sus hechos. El narrador omnisciente lo sabe todo, a veces también conoce los pensamientos y motivaciones de los personajes.

Narrador testigo
Puede usar la primera o la tercera persona. No sabe nada acerca de los personajes; tan solo observa sus movimientos y los cuenta.

Elementos de la Narración
En toda narración se distinguen:

Personajes
Son quienes realizan las acciones. Se puede distinguir entre personajes principales y secundarios. os personajes principales son los protagonistas y el resto son los secundarios. Al analizar una obra literaria es importante no solo identificar al protagonista y a los demás personajes sino también caracterizarlos. Los alumnos tienen que reflexionar sobre cómo son los personajes, que refleja cada uno, qué importancia tienen en el cuento. Con sus intervenciones y actuaciones dentro de la narración, los personajes revelan una norma de conducta, un comportamiento a seguir.

Espacio
Es el lugar donde se desarrolla la acción.

Tiempo
En la narración se hace referencia a la duración de la acción.

Acción
Formada por la serie de acontecimientos simultáneos o sucesivos, reales o imaginarios, entrelazados en la trama del argumento. Hay hechos más importantes que son los Núcleos y que corresponden a los momentos más relevantes del relato: inicio, momento culminante o nudo y un hecho final que contiene el desenlace de lo sucedido. Las otras acciones se denominan secundarias o menores.

sábado, 9 de enero de 2010


LAS PROPOSICIONES COORDINADAS Y LA YUXTAPOSICIÓN


PROPOSICIONES COORDINADAS

La coordinación y los conectores.-
Los elementos que unen a estas oraciones simples ( proposiciones) para formar la oración compuesta se denominan conectores.


Clasificación de las oraciones compuestas por coordinación:

Coordinadas copulativas.-
Expresan la suma de los significados de dos o más oraciones simples.
Conectores: y, e, ni, que.
Se marchó y no volvimos a verla.

Coordinadas adversativas.-
Unión de oraciones cuyos sentidos se enfrentan o contradicen en todo o en parte.
Conectores: pero, mas, aunque, sin embargo, sino, sino que, salvo, excepto, etc.
El chico sabe la lección, aunque no lo parece.

Coordinadas disyuntivas.-
Expresan la exclusión entre los elementos que se coordinan o la indiferencia ante una elección.
Conectores: o, u.
¿Estudiar o trabajar?

Coordinadas distributivas.-
Establecen una correlación entre varios enunciados.
Conectores: unos... otros...; estos... aquellos...; bien... bien...; ya... ya...; tan pronto... tan pronto...; unas veces... otras...; etc.
Unas veces se pierde, otras se gana.

Coordinadas explicativas o ilativas.-
La segunda aclara o precisa el significado de la primera.
Conectores: es decir, esto es, o sea (que).
No tiene novio, o sea que está sin compromiso.

Coordinadas comparativas.-
Realizan la comparación entre los dos términos que relacionan.
Conectores: que, como. Normalmente precedidos de cuantificadores en el primer término de la comparación (tanto, tan, menos, más).
Comía menos carne que pescado.


YUXTAPOSICIÓN

Oraciones yuxtapuestas: se dice que dos o más oraciones están yuxtapuestas cuando entre ellas no existe nexo alguno, pese a lo cual podemos interpretar que la relación entre ellas es del mismo tipo que la que hay entre las coordinadas o las subordinadas. Dicho de otra manera, son oraciones compuestas por coordinación o por subordinación pero entre ellas no hay ningún nexo explícito.
ejemplos:

1.Ayer llovió, no pudimos salir en todo el día.
2.Llegué temprano, aún no habían traído el diario.
3.Esta es mi bicicleta, luego te la prestaré.
4.No lo hemos visto, quizás se ha ido más temprano.
5.Julián no quiere venir, su prima lo remplazará.

El término se aplica no sólo a oraciones, sino a cualesquiera unidades que aparecen reunidas cumpliendo la misma función que desempeñaría cada una de ellas aisladamente. La yuxtaposición es, pues, una unión sin nexo, un vínculo que se establece entre elementos contiguos equifuncionales:

José Carlos organiza carreras, torneos, excursiones.

La relación entre estos tres sustantivos es de yuxtaposición: aparecen contiguos y desempeñando en conjunto la función de CD, la misma que desempeñaría cada uno de ellos si no aparecieran los otros dos. Del mismo modo, las tres oraciones de los dos ejemplos siguientes quedan enlazadas por yuxtaposición en un solo enunciado:

Llegué, vi, vencí.

Sacó el móvil, se lo vieron los profesores, se lo confiscaron.

Los rasgos fónicos que distinguen a las unidades yuxtapuestas se reducen al carácter descendente de la entonación en cada una de ellas.

jueves, 7 de enero de 2010

Marta Sánchez en "Sin noticias de Gurb" de Eduardo Mendoza

sipnosis del libro

Esta divertida novela relata la búsqueda de un extraterrestre que ha desaparecido, tras adoptar la apariencia de la vocalista Marta Sánchez, en la jungla urbana barcelonesa. Pero el protagonista de la narración no es Gurb, sino otro alienígena que sale en pos de él y cuyo diario constituye el esqueleto de la narración. La verdadera naturaleza del relato es de carácter satírico: Mendoza convierte esta Barcelona, a un tiempo cotidiana y absurda, en el escenario de una carnavalada que revela el verdadero rostro del hombre urbano actual.

traducción

Danés por Gyldendal, italiano por Feltrinelli, alemán por Rowohlt.

introducción

Todo empieza cuando dos extraterrestres llegan a la Tierra en una importante misión para estudiar a los habitantes de este planeta. Casi toda la novela transcurre en una de las ciudades más conocidas de este inhóspito lugar: Barcelona. En la época moderna. También pasa su cierto tiempo en la comisaría.
Pues bien, la historia empieza una noche en que los dos extraterrestres aterrizan en un lugar llamado Sardanyola, donde deciden adoptar la apariencia de los habitantes de la Tierra, Gurb se parece a Marta Sánchez y el otro de un importante profesor de la Universidad Autónoma de Bellaterra (Lluc Puig i Roig) y a la nave la transforman en una casa para no llamar la atención de los humanos. Pero al poco rato Gurb se sube a un coche y el acompañante lo pierde, éste no tiene noticias de Gurb hasta el final de la novela. Mientras Gurb hacia su vida, el otro lo buscaba por toda la ciudad de Barcelona, donde le pasan muchas peripecias (las cuales sabemos a partir del diario personal) y donde adopta la imagen física de mucha gente diferente y importante. Conoce a mucha gente entre las cuales hay una pareja mayor que lleva un bar, su vecina (de la cual esta enamorado), y más gente que va conociendo.


personajes

Los protagonistas principales (Gurb y el otro extraterrestre) no tienen un físico fijo, ya que cada día adoptan un cuerpo diferente, según su estado de animo.

Gurb: Este personaje es básicamente de cuerpo de inteligencia pura-factor analítico 4800,
aunque en la Tierra adopta solo el cuerpo de Marta Sánchez (170 centímetros; perímetro craneal, 57 centímetros; núm. de ojos: dos; longitud del rabo: 0.00 centímetros. Psíquicamente dice que habla un lenguaje de gran simplicidad estructural. Le gusta los churros.

El otro extraterrestre: Este también es de cuerpo de inteligencia pura-factor analítico 4800. Aunque este primero adopta el cuerpo de un profesor de la Universidad Autónoma de Bellaterra, que se llama Lluc Puig i Roig. No dice nada del físico; psíquicamente tiene un nivel de mansedumbre bajo. Después adopta el cuerpo: del conde-duque de Olivares, del ente individualizado Gary Cooper, de José Ortega y Gasset, de don Miguel de Unamuno, de Julio Romero de Torres, de S.S. Pío XII, de Jorge Sepúlveda, del duque y la duquesa de Kent, de Manuel Orantes, de Viriato, de Giorgio Armani, de Eisenhower, de Frascuelo Segundo, de Manuel Vázquez Montalbán, de Mahatma Gandhi, de Gilbert Bécaud, de Alfonso V el Magnánimo (1396-1458), de Tutmosis II y por último adopta el cuerpo de Jacques-Yves Cousteau. A este también le gusta mucho los churros.

Vecina del otro extraterrestre: Físicamente mide 173 cm. ; pelo más largo, 47 cm. ; pelo más corto, 0.002 cm. ; distancia del codo a la uña (dedo pulgar), 40 cm. ; distancia del codo izq. al derch. , 36 cm. (en pos. de firmes), 126 cm. (con los brazos en cruz). No dice nada del psíquico. Tiene un hijo.

sábado, 12 de diciembre de 2009

novela histórica de Mariano José de Larra


Capítulo VI




Calledes, conde, calledes.
Conde, no digáis vos tale.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El conde desque esto oyera
Presto tal respuesta hace:
-Ruégote yo, caballero,
Que me quieras escuchare.
El conde Dirlos.



Cuando don Enrique de Villena entró en el aposento de Macías, éste le arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como hombre que se reconoce superior en jerarquía al que guarda con él una consideración. Macías se sentó en otro, colocándose de suerte que quedaba la mesa con la lámpara que en ella ardía en medio de los dos; y lo hizo con el aire de un hombre que si bien se cree en el caso de tributar atenciones a aquel con quien está en sociedad, no se imagina de ninguna manera en posición de sostener de pie, con él sentado, una larga conferencia. Colocados de esta manera, daba la luz de lleno en el rostro de entrambos, y como creemos no haber dado hasta ahora idea alguna de las fisonomías y exterior de estos dos principales personajes de nuestra narración, aprovecharemos esta coyuntura favorable para describir lo que en ellos hubiera visto o al menos creído ver cualquier observador que los hubiera acechado, por pocos progresos que hubiese hecho en el arte lavateriano, posteriormente reglamentado por el sabio abate, pero cuya existencia tiene tanta antigüedad como el dicho vulgar, en todos los países y épocas conocido, de que los ojos son las ventanas del corazón y la cara el traslado del alma.
Don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos, hundidos y pequeños, tenían una expresión particular de superioridad y predominio que avasallaba desde la primera vez a los más de los que con él hablaban; su voz era hueca y sonora, calidades que no contribuían poco a aumentar en el vulgo la impresión mágica que en los ánimos débiles ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo el aire de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible. Sin embargo, como ha podido inferir el lector de su diálogo con Ferrus, no estaba tan corrompido su corazón que no respetase todavía en la sociedad en que vivía una porción de consideraciones, que su criado, por el contrario, atropellaba sin el más mínimo escrúpulo de conciencia. De Ferrus dijimos que no era el malvado bastante impío para sus fines, y de don Enrique podemos, por el contrario, asegurar que no era el impío bastante malvado para los suyos. Naturalmente afeminado y dedicado al estudio, faltábanle el vigor y la energía de carácter que corona las empresas aventuradas. Difícil nos sería decir si era o no religioso; nos contentaremos con exponer a la vista del lector varios rasgos que pueden caracterizarle cumplidamente bajo este dudoso punto de vista, y él más que nadie podrá juzgar si era la religión para él un instrumento o una preocupación.
El interlocutor que enfrente tenía era un mancebo que en caso de duda hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominación de los árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros como el azabache; sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes y guarnecidos de largas pestañas; una sola vez bastaba verlos para decidir que quien de aquella manera los manejaba era un hombre generoso, franco, valiente y en alto grado sensible. Un observador más inteligente hubiera leído también, en su lánguido amartelamiento, que el amor era la primera pasión del joven. Su frente ancha, elevada y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su natural arrogancia y la elevación de sus pensamientos. Ornábale el rostro en derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial a su fisonomía; su voz era varonil, si bien armoniosa y agradable; su estatura gallarda.
-Macías -comenzó a decir don Enrique de Villena después de un breve espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse a proponer sus ideas-, vengo a daros la muestra que de gratitud os debo por la exactitud con que habéis cumplido la delicada comisión que en vuestras manos confié. Decidme si es posible que tenga alguien en la Corte noticia de la muerte del maestre.
-Señor -respondió Macías-, Hernando y yo no hemos cesado de correr desde Calatrava a Madrid y a nuestra salida del monasterio éramos los únicos que en la villa sabíamos el infausto acontecimiento; en dos días lo menos no se tendrá en Madrid más noticia que la que nosotros queramos esparcir.
-Ninguna. Dadme vuestra palabra.
-De caballero os la doy.
-Permitidme ahora que os pregunte si habéis sospechado cuál puede ser mi objeto.
-Lo ignoro -respondió Macías, asombrado de la pregunta.
-Sabedlo pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en vos para la ejecución de mis planes; el paso que, conociendo ya mi carácter, disteis en Calatrava, me hace pensar que habéis formado planes para vos mismo análogos acaso a los míos.
-Os juro que no tenía más plan que el de serviros.
-¡Doncel! -dijo sonriéndose don Enrique-, en vuestra edad es natural el rubor de confesar ciertas intenciones...
-No os entiendo...
-No importa; si nuestros intereses están unidos, y si os sentís con audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio, tanto mejor. Oídme, que acaso mi confesión facilitará la vuestra. Intento ser maestre de Calatrava- añadió bajando la voz.
-¿Vos, señor?
-¿No lo habéis sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragón es algún día maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará comendador. ¿Queréis ocupar otro puesto que os venga mejor?
-Ni tanto, príncipe generoso -respondió Macías inclinando respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro.
-Dejad esa inoportuna modestia; imagino que entrambos nos conocemos -dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado- ¿Estáis sorprendido?
-Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del himeneo os unen a una mujer, y no podéis ignorar que éste es un obstáculo insuperable.
-Obstáculo sí; insuperable, ¿por qué? -exclamó don Enrique, apoyado en la seguridad del plan que acaba de inspirarle su juglar poco antes de venir a buscar al doncel, y que él había abrazado con tanta más confianza cuanto que su pérfido consejero había empleado para hacérselo adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos indicados. Verdad es que el plan era diabólico, y tanto había admirado a don Enrique, que aquélla había sido la primera vez que había llegado a dudar si efectivamente el espíritu enemigo del hombre tendría poder para sugerir ideas a sus fieles servidores.
-¿Por qué? -repitió Macías-; esperad; sólo un medio entreveo: ¿consiente vuestra esposa en un divorcio ruidoso y...?
-Jamás consentirá. En balde la he querido reducir.
-En ese caso...
-Oídme. Cuento con vos.
-Disponed de mis pocas fuerzas, si el honor y...
-Oíd y dejad a un lado esas fórmulas de sentido, inútiles ya entre nosotros, para usarlas con el vulgo que se paga de ellas.
Encendiéronse las mejillas de Macías, y bien hubiera querido interrumpir a Villena para darle a conocer cuán lejos estaba de considerar el honor fórmula vana; pero el conde, que interpretó a su favor el rubor del mancebo, prosiguió sin darle lugar a hablar:
-Doncel, mañana al caer del día procuraré que doña María de Albornoz, mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de pasear por el soto, camino de El Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo diurno y solitario su camarera Elvira; cuando se haya separado largo trecho de sus demás criados, un caballero, convenientemente armado y ayudado de los brazos que creyese necesarios, arrebatará a la condesa de la compañía de Elvira. ¿Qué tenéis?
-Nada; proseguid -repuso Macías pudiendo contener apenas su indignación.
-Observaránse las precauciones necesarias para que ella y el mundo entero ignoren eternamente su robador y su destino. Guardados en tanto por mis gentes los pasos de los que pudieran venir de Calatrava a dar la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para que de ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme acabar: me resta designaros el osado y valiente caballero que, robando a la condesa, ha de dar el paso más difícil en tan importante empresa. Si una placa de comendador de la orden no es suficiente recompensa para su ambición, él será el verdadero maestre, y después de don Enrique de Villena nadie brillará más en la Corte en poder y en riqueza que el doncel de don Enrique el Doliente.
-¿El doncel de don Enrique el Doliente? -interrumpió el impetuoso mancebo levantándose y echando mano al puño de su espada-. ¿El doncel de don Enrique el Doliente habéis dicho, conde? ¡Santo cielo! Bien me rece ese desdichado doncel el injurioso concepto que de él habéis indignamente formado, si tantos años de honor no han bastado a impedir que los hipócritas le cuenten en su número despreciable. Bien lo merece, juro a Dios, pues que su espada permanece aún atada en la vaina por miserables respetos, sin castigar al osado que mancilla su buen nombre y espera de él cobardes acciones.
-¡Doncel! -exclamó asombrado, levantándose también a este punto, el conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar más palabras en un gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan inopinadamente sus anteriores esperanzas. Deteníale, sobre todo, la vergüenza de haber descubierto sus planes al mancebo sin más fruto que su amarga reconvención, y culpábase en su interior de no haber explorado más tiempo el terreno arenoso sobre que había sentado el pie arriesgadamente,
-¡Doncel! -repitió ya en pie-, ¡vive Dios que no comprendo vuestro loco arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza!
-¿Y quién os indujo a presumir -respondió el doncel- que un caballero y que Macías había de poner cobardemente la mano sobre una mujer indefensa? ¿Qué visteis en mí, señor, que os diese lugar a creer que tuviese tan olvidados los principios y los deberes de la orden de caballería que para acorrer a los débiles y a los desvalidos recibí del Rey y profeso? ¿No me habéis visto vos mismo pelear con los moros y los portugueses? ¿En qué día de batalla me visteis huir? ¡Oh rabia! ¡Oh vergüenza! ¡Oh buen rey Enrique III! He aquí el concepto que de tus mismos grandes merecen tus donceles.
No veía don Enrique de Villena los objetos que le rodeaban; tal eran la ira y el coraje que crecían por momentos en su corazón. Algún tiempo dudó si, echando mano a la espada, vengaría con sangre los ultrajes a su persona que por primera vez oía, y si sepultaría para siempre en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que imprudentemente había descubierto, o hundiría en la suya propia su vergüenza y su afrentoso desaire. Mirábale atento a sus acciones todas, para obrar en consecuencia, el ofendido joven, y bien se veía en su semblante la resolución que tomada tenía de responder con la espada o con la lengua a los desmanes del orgulloso magnate. Reflexionó, empero, don Enrique que un lance ruidoso de esta especie a aquellas horas, y en el alcázar mismo de Su Alteza, no podría tener en ningún caso buenas consecuencias para sus planes, determinó encomendar a la prudencia los yerros que por falta de ella había recientemente cometido. Revistióse, pues, con asombrosa rapidez la máscara hipócrita que en tantas ocasiones le había sido de conocida utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la espada, cuya hoja había brillado ya en parte un corto instante a los ojos de su interlocutor:
-Macías -le dijo con voz serena y aun afectuosa-, vuestros pocos años han estado a punto de perdernos a entrambos. Confieso que he errado el golpe, y os devuelvo todo el honor que os había quitado. No penséis, sin embargo, -añadió el astuto cortesano recogiendo velas-, que era mi objeto llevar completamente a cabo el plan que os proponía; tal vez quería conocer a fondo vuestro carácter, y estoy completamente satisfecho de vuestra laudable conducta. Con respecto al objeto de mi visita, ignoro si, después de haber pensado mejor los medios que tengo a mi disposición para llegar a ser maestre, elegiré ése u otro. De todas suertes no me sois útil; es concluido, pues, vuestro servicio en mi casa; excusáis volver a Calatrava; mañana os devolveré a Su Alteza; pero como os supongo bastante talento para conocer el mundo y los hombres, a pesar de vuestros pocos años, espero que nos separemos amigos, como dos caminantes que han pasado una mala noche en una misma posada y que al día siguiente, debiendo seguir cada uno un sendero opuesto, se despiden cortésmente. Si sois el caballero que decís, vuestro honor os dicta si debéis guardar el de otro caballero y los pactos que estábamos hasta la presente convenidos; si creéis, sin embargo, de vuestro deber dar a luz pública nuestro diálogo, sois dueño de hacerlo; pero... acordaos -añadió afirmándose en los talones con ademán de hombre resuelto y dando en la mesa una palmada que resonó en gran parte del alcázar-, acordaos de que don Enrique de Aragón y Villena, conde de Cangas y Tineo, señor de las villas de Alcocer, Salmerón, Valdeolivas y otras, nieto del rey don Jaime y tío del rey don Enrique, no ha menester ser maestre de Calatrava para hacer probar los tiros de su poderosa venganza a un doncel pobre y oscuro del Rey Doliente, a quien una imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él.
-Deteneos -dijo Macías más sosegado, asiéndole de la ropa al ver que se preparaba a salir del teatro de su confusión-. Deteneos; puesto que habéis creído necesaria una explicación antes de concluir nuestra entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo a su clase, le exponga mis sentimientos sobre frases nuevamente ofensivas que acabáis de proferir. Sé cuánto debo al rango que ocupa don Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha podido empañar sus resplandores; sé que debiera haberme limitado a responder no sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero, conocerá cuánto cuesta sufrir cristianamente un ultraje a quien tiene sangre noble en las venas. Si exigís de ello una satisfacción, en esto os la doy; sí la queréis de otra especie, mi lanza y mi espada están siempre prontas a abonar mis imprudencias. La amistad que pedís, ni la busco ni la otorgo: vuestra protección no la necesito. Como caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que como caballero prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del maestre. Con respecto a vuestros planes, no me exigisteis palabra de ocultarlos...
-¿Cómo? -interrumpió don Enrique de Villena, inmutado.
-Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado a guardarlos; os prometo, sin embargo, en consideración al nombre ilustre que lleváis, y cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré más uso de lo que acerca de vuestras intenciones me habéis dicho que el indispensable para salvar a la inocencia que queréis oprimir. Dadme licencia de que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda salvar a la de Albornoz sin hablar, callaré; mas si puede mi silencio contribuir a su ruina, hablaré. A esto me obliga el ser caballero.
-Hablad en buen hora, hablad -dijo don Enrique en el colmo del furor-, pero ¡temblad!...
-Permitid, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra estancia -añadió Macías con respeto y mesura.
-No, estaos aquí; yo lo exijo; a Dios quedad.
-Ved, señor, que no es ésa la salida; por allí saldréis mejor.
-Ciego voy de cólera -dijo para sí al salir don Enrique de Villena, que en medio de su arrebato había equivocado la puerta interior con la exterior.
Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara que sobre la mesa ardía, alumbróle hasta que comenzó a bajar los escalones, y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese retirarse: «Adiós, señor, y el cielo os prospere». dijo en voz alta el comedido doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó a sus oídos dio indicios de que había sido oído su saludo y respondido entre dientes, acaso con alguna maldición, por el irritado conde, que se alejaba premeditando los medios de venganza que a su arbitrio tenía, y sobre todo la manera que debería observar para impedir los efectos de la terrible amenaza que, al despedirse de él, le había hecho el magnánimo doncel.
Volvióse éste a entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la notable mudanza que había efectuado en su situación la escena en que acababa de hacer un papel tan principal; determinóse en el fondo de su corazón a no dejar perecer la inocente y débil oveja a manos del tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Después de haber cerrado su puerta con cuidado, llegóse a la que daba a la cámara de Hernando y llamólo en voz baja.
-¿Quién pregunta? -dijo entre sueños el feliz montero-. ¿Tañen de andar al monte?
-Si algo oíste, Hernando, esta noche -dijo el doncel- haz como si nada hubieras oído. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y descansa, y deja descansar a los caballos.
-Se hará tu voluntad -respondió la voz gruesa del montero, y no tardó en oírse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño.
Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el recuerdo de su ingrata señora ni el deseo de buscar trazas que a los proyectos que preparaba para el día siguiente pudiesen ser de pronta utilidad.
Don Enrique, en tanto, despechado se dirigió a su cámara, donde encontró a su Ferrus. Allí trataron los dos, no ya de llevar a cabo su proyecto tal cual primeramente le habían concebido, sino con aquellas alteraciones que exigía la nueva posición en que los había puesto la repulsa de Macías, y de la venganza y precauciones que deberían usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar a sus pérfidas intenciones. Después que hubieron conversado largo espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora podría ser. Mas fue imposible saberlo jamás por su reloj de arena, pues con la agitación de las escenas de la noche, habíase descuidado volver el reloj al concluírsele la arena; como buen astrónomo, sin embargo, pasó a la cámara inmediata que tenía vistas al soto, y reconoció que debía haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de la hora avanzado, que él se figuraba por las estrellas ser la de las cuatro, a entregarse al descanso de que tanto tiempo hacía ya que gozaban los demás pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya a cerrar la ventana para realizar su determinación, cuando le detuvo de improviso un extraño rumor que oyó, el cual le pareció no poder provenir a aquellas horas de causa alguna natural; empero, permítanos el lector que demos algún reposo a nuestro fatigado aliento.